Los hábitos alimenticios que acompañarán a una persona durante gran parte de su vida comienzan a construirse desde la infancia. Aunque muchas veces los padres buscan la mejor dieta, la lonchera perfecta o la recomendación más reciente, el factor que más influye en el desarrollo de una buena relación con los alimentos suele estar mucho más cerca: el ejemplo que reciben en casa.
En el podcast de SaludPanama, la Dra. Judith Ho, Pediatra Nutrióloga, explica que los padres son los primeros educadores en nutrición y que las pequeñas decisiones cotidianas tienen un impacto mucho mayor de lo que imaginamos.
Diversos estudios muestran que los primeros cinco años de vida representan una etapa especialmente importante para establecer patrones de alimentación saludables. Aunque siempre es posible mejorar los hábitos en cualquier edad, durante este período los niños aprenden observando y repitiendo las conductas de quienes los rodean.
Por eso, enseñar a comer bien no consiste únicamente en decirles qué alimentos son saludables, sino en demostrarlo con acciones. Compartir las comidas, consumir frutas y vegetales con naturalidad y mantener horarios organizados transmite un mensaje mucho más poderoso que cualquier explicación.
Uno de los mensajes centrales de la entrevista es que los niños aprenden principalmente por imitación.
Resulta difícil convencer a un niño de incorporar ciertos alimentos si los adultos que viven con él los rechazan. Del mismo modo, promover hábitos saludables requiere que toda la familia participe del cambio y no que únicamente el niño modifique su alimentación.
Cuando el esfuerzo es compartido, los niños entienden que no están siendo castigados ni sometidos a una "dieta", sino que toda la familia está construyendo un estilo de vida más saludable.
La Dra. Ho enfatiza que en pediatría el objetivo no es poner a los niños "a dieta", sino mejorar la calidad de la alimentación de acuerdo con sus necesidades.
El enfoque debe centrarse en desarrollar hábitos que puedan mantenerse en el tiempo:
Este enfoque permite que los cambios sean sostenibles y evita que los niños perciban la alimentación saludable como una obligación temporal.
En una época donde abundan los consejos en internet y las redes sociales, es fácil pensar que existe una única fórmula para alimentar correctamente a todos los niños.
Sin embargo, la realidad es distinta.
La alimentación debe adaptarse a la edad, la rutina escolar, el nivel de actividad física, los horarios familiares e incluso a las necesidades particulares de crecimiento de cada paciente. Lo que funciona para un adolescente no necesariamente es adecuado para un niño de tres años.
Por eso, la orientación individualizada por parte de un profesional sigue siendo fundamental.
Uno de los temas abordados durante la entrevista fue la preparación de las loncheras escolares.
La especialista explica que no siempre una lonchera abundante es la mejor opción. Un niño que desayuna adecuadamente y permanece pocas horas en el preescolar puede necesitar únicamente una merienda ligera antes de regresar a casa para almorzar.
Cuando la lonchera contiene demasiados alimentos, puede ocurrir que el niño llegue sin apetito a la siguiente comida principal, alterando su rutina alimentaria.
La composición ideal dependerá del horario escolar, la duración de la jornada y las necesidades individuales de cada niño.
La experiencia en consulta demuestra que los mejores resultados aparecen cuando los padres también modifican sus propios hábitos.
Si únicamente el niño cambia su alimentación mientras el resto de la familia continúa con las mismas costumbres, es frecuente que perciba el proceso como algo impuesto o injusto.
En cambio, cuando todos participan —comiendo mejor, realizando actividad física y adoptando hábitos más saludables— el cambio se convierte en un proyecto familiar que beneficia a todos.
La educación nutricional comienza mucho antes de la escuela.
Los padres enseñan a través de las compras que realizan, de los alimentos que sirven en la mesa, de los horarios que mantienen y de la actitud que muestran frente a la comida.
Ese aprendizaje diario puede convertirse en una herramienta poderosa para prevenir problemas nutricionales y favorecer un crecimiento saludable.
Como concluye la Dra. Judith Ho, formar niños con hábitos saludables significa construir las bases para tener adultos más sanos en el futuro. Y ese camino comienza con una decisión muy sencilla, pero profundamente importante: que el cambio empiece también en los propios padres.